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El hombre que sopla y construye con botellas

El hombre que sopla y construye con botellas

Rubén “Tito” Ingenieri se define como un “obrero del arte”.

Hace más de 15 años armó su casa, en la ribera de Quilmes, con botellas, cemento, arena y ceresita. El resultado es una vivienda luminosa, colorida y sobre todo, artística. Sus obras y esculturas llegaron a 15 países.

La casa de 25 de mayo y Los Naranjos, en Quilmes, es un emblema. Quienes la encuentran, timorata, entre las construcciones de la ribera sureña, juegan a adivinar cómo se hizo. Las paredes son de botella. Las hay de cerveza, de vino, de agua, verdes, transparentes: miles de botellas que sostienen y decoran las paredes del hogar de Rubén Ingenieri, más conocido como Tito. Nacido en 1954 en Mataderos y quilmeño por adopción, se define como un “obrero del arte”.

Ingenieri empezó su camino en el arte a los 16 años. En ese momento se fue de la casa de su familia y su nuevo hogar fue una casa en un árbol. Años después, esa conexión con la naturalez volvería e inspiraría una de sus primeras intervenciones: su propia casa. “Vi pasar el río al lado de mi casa y botellas de vidrio flotando. Yo tenía un recorte de una revista sobre una mujer que había puesto botellas en una pared, y me di cuenta de que podía hacer todas las paredes de vidrio”, recuerda sobre el inicio de la idea. Desde ese día empezó a recolectar botellas: de la basura, por donaciones, las que encontraba por la calle. Con ellas trabajó durante 34 años: hoy el espacio es una casa museo, y él fue declarado Ciudadano Ilustre del municipio. “La casa no representó más que un desafío: una furia de alguien que no tenía casa y enojó, fue como una gran coraza”, sostiene.

Sobre la casa, Ingenieri dice que es su “obra maestra”. “Este lugar tiene un mensaje. Qué la gente la copie. Yo soñé con un barrio artesanal pero mis vecinos no se dieron cuenta. De este modo haríamos que nos visite el turismo y Quilmes crezca en otro aspecto con un material tan noble como el vidrio. La casa está hecha sin metro y sin plomada. Es una casa abstracta. Nadie puede tener la excusa de los impedimentos técnicos para realizarla”, cuenta en su sitio web. Uno de los principales incentivos fue el arquitecto Luis Zambón, que en el momento en que Tito empezó a juntar botellas fue quien le dio “el último empujón”: “Me dijo que tenía que dejar de soñar con proyectos en papelitos y preocuparme por la forma. Y ponerme a construir de una vez. Estuvo muy bien porque yo necesitaba la casa. Tenía el terreno, pero no la plata”.

¿Cómo lo hizo? Su sistema no tenía complejidades, sino mucha dedicación: empezaba desde la estructura de hierro y podía llegar a pegar 500 botellas por día con cemento, arena y ceresita.

Además de construir con botellas, Ingenieri transforma la chatarra en arte: sus esculturas, hechas con restos de alambre, hierros o desperdicios, deslumbraron fuera del país. Lo contrataron en Quilmes, Berazategui y hasta en España, Italia, Cuba, Finlandia y Bélgica. “La chatarra es como un charco de hierro. Cuando mirás, ya te identificás y hablan el mismo idioma con el metal. Trato de transmitirle que voy a darle vida de un manera, y como otras personas lo van a ver no se pierde, se multiplica”, detalla.

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